martes, marzo 29, 2005

Literatura: del libro "Nuestros Antepasados".-

CAPÍTULO I.

En medio del hondo silencio y de la gran noche milenaria que rodea a los astros, sólo el sol despide áureos destellos.

Desde este astro, su luminosa morada, Tupã (1) observa el universo entero con ojos escrutadores que ven a través de las sombras y de las cosas. Una débil nube de amargura parece envolver el brillo maravilloso de su mirada. Acaso le infunde alguna tristeza la soledad infinita que le circunda.

Después, Tupã, da por celebradas sus nupcias con Arasy (2). Conságrale enseguida como Madre del Cielo y le fija por morada la Luna, blanca y tenuemente resplandeciente, como un copo gigantesco de algodón flotante en el espacio.

Un tibio calor circunda a la tierra. Un vaho caldeado, que se escapa de las aguas agitadas, se desliza presuroso y siseante; y, allá a lo lejos, el trueno, como un heraldo de guerra, anuncia con su ronco estertor una recia tempestad. Relámpagos prolongados se suceden con intermitencia, iluminando el ámbito y todo el orbe parece moverse en pasmódica convulsión. Las nubes se agrupan y se dispersan como corderos enloquecidos de un fantástico rebaño... De improviso, rásgase el cielo con la fugitiva quebrada luminosa de un rayo, y, poco a poco, como perlas desengarzadas de un collar, caen los granizos sobre la faz de la tierra. ¡Los elementos, dirigidos por una mano monumental y bárbara traban la más formidable batalla que haya conmovido jamás la lid del universo!...

Como al anochecer, rompiendo la densa cortina de las sombras, comienza a caer la lluvia con su agua purificadora y fecunda. Primero caen grandes gotas que a la luz fugaz de los relámpagos cobran extrañas fulguraciones, y luego, se precipitan las aguas copiosamente en torrente incontenible.

Hasta los pies del cerro, que se alza en medio de la planicie como una admonición, llegan las aguas, blanquecinas a la distancia, llenas de espumajos. La luna, entre unas nubes que corren veloces, cabeceando como veleros desorientados, asoma su faz sonriente y blanca.

Ya cerca del amanecer, el cielo despéjase por completo y aparece limpia y brillante la superficie toda de la tierra.

CAPÍTULO II

Aquella remota mañana, luminosa y fresca, Tupã levantóse temprano con el ánimo despreocupado y alegre. Invitó a Arasy, su esposa, para que bajase con él a la tierra, hasta la colina (3) de Arigua (4). Desde este lugar crearían los mares y los ríos, los bosques, las estrellas y todos los seres del universo.

La tierra experimentó un leve estremecimiento, como si despertase de su larga modorra de siglos, y desde entonces florecieron las plantas, retoñaron los árboles, rieron los pájaros con su risa loca y jovial y el viento difundió por todas partes mil aromas agradables... La tierra, como infundida de nueva vida, giraba armoniosamente y toda su faz ofrecía un espectáculo portentoso y sublime, pero faltaba algo para completar la gama maravillosa de todo lo creado y entones Tupã se propuso crear la primera pareja humana.

Reunió un poco de arcilla y mezclándola con sumo de ka'a ruvicha, (5) sangre de un ave llamada Yvyja'u, (6) unas hojas de sensitivas (7) y un insecto llamado ambu'a,(miriápodo) hizo una pasta que remojó con agua que fueran a buscar de un manantial cercano que desde entonces quedó consagrado con el nombre de Tupãykua (8) (hoy Ypacaraí). Hicieron luego con ella dos estatuas, a su semejanza, y la expusieron al sol para secarse.

No bien sintieron el calor de los rayos solares, cuando dotados de vida se estremecieron ambas estatuas, transformándose en dos seres vigorosos que prorrumpieron en gritos de júbilo.

Ambos dioses hicieron sentar en frente de ellos a los recién creados, y Arasy prorrumpió a decir:

Mujer que de mí naciste a mi semejanza: te doy por nombre Sypavê (9).

Y Tupã, a su vez, le dijo al otro, que era varón:

Te doy por nombre Rupavê (10) y luego, dirigiéndose a ambos, continuó:

Amáos mucho, hijos míos, y reproducíos indefinidamente. Mostrad siempre especial cariño a los niños, y no os aflijáis nunca por nada, que nada faltará en vuestra senda, pues todo lo pondré al alcance de vuestras manos...

¿Por qué dices así? – le interrumpió Arasy – Si no hacen nada, si no trabajan, si no distraen la felicidad de vivir que acabamos de darles con la pena de una labor, acaso lleguen a ser desdichados. Vida siempre grata y fácil no es vida, sino muerte lenta.

Bien – dijo Tupã, dirigiéndose de nuevo a los recién creados, sin prestar mayor atención a las palabras de su esposa – Para vuestro alimento no sólo os dejamos las frutas de las plantas y los árboles que componen los bosques, sino también la carne de los animales (11) que con vosotros habitarán esta tierra.

¿A mi, qué me dejáis? – preguntóles Sypavê.

Arasy le replicó:

Para ti, Sypavê, queda la fruta del guayabo (arasa) cuyo nombre tanto se asemeja al mío. Cuando la gustes, acuérdate de mí.

¿Y a mí, que me dais? – requirió a su vez Rupavê.

Tupã, generoso, con paternal ternura, le replicó al punto:

Para ti, hijo mío, queda el cocotero.

¡Yo quiero más! – gritó Rupavê, acercándose.

¡Hombre pedigüeño! – respondióle Tupã con fingida ira, señalándole el suelo. – Te dejo también este lecho (tupa) (12) cuyo nombre te recordará el mío.

Levantó luego su diestra Tupã, y bendijo a todos los animales que poblaban los bosques.

Y volvió a hablar:

Todo esto, que para vosotros queda, debéis respetar y conservar. Empleád a su modo todas las cosas sin desperdiciarlas; comed cuanto querráis hasta que arribe a las playas de estas tierras el verdadero señor, el karaiete (13), que vendrá un día para marcar el destino de este continente... Vosotros – entendédlo bien – sois parte de la arcilla que estáis pisando. La tierra es vuestra madre común y hermana suya es la Luna, que veis allá suspendida en el espacio: Ambas tienen vida y constantemente giran aunque vosotros no os deis cuenta de ello.

Todo lo que allá abajo se mueve (14), como una enorme cabellera agitada a impulso dei viento, son los árboles (15), y todo lo que veis animarse a ras del suelo, como gusanillos(16), son los seres vivientes... Cuando la vida se escape de vosotros y tornéis al seno de esta arcilla, mezcláos con ella, por entero y así, una vez que os hayáis confundido con ella, volveréis a gozar de nueva vida... (17). Vosotros estáis de paso en esta tierra; quedaréis un momento sobre ella y luego pasaréis. Seréis como los fuegos fatuos, que veréis surgir a flor del suelo, en noches tormentosas, que iluminan un momento y después se esfuman para siempre. ¡Cómo quisiera veros ya vivir esta existencia que acabamos de daros! Si la dignificáis, no os faltarán las recompensas...

Calló un momento Tupã, y luego con amplio ademán, como abarcándolo todo, continuó con pausada voz:

Aquello que veis parpadear en el cielo, como infinitas pupilas, son las estrellas (18), fragmentos de la Luna, tocados por mi mano... Habéis de saber que todo lo que se reproduce tiene vida. El agua es la sangre, el elemento fecundante de la tierra; el viento, (yvytu o yvypytu) que es el aliento de la tierra – es ésa cosa misteriosa, cargada de rumores, que a veces pasa suavemente, acariciándoos, y otras, como poseído por un espíritu maléfico, corre velozmente, terrible y brutal – contiene el aire que es la base de vuestra existencia...... Amáos mucho, vivid en el amor, pacíficamente, en tanto que yo vele por vosotros. Os dejo a Taû (19) y a Angatupyry (20) como compañeros: Ambos conocen desde ya los caminos que seguiréis y aunque no los veáis, el uno os sostendrá en el Bien y el otro os empujará hacia el Mal.

¿Para qué nos dais por compañero a Taû? – gimió medrosa, Sypavê.

¡Su presencia es necesaria entre vosotros! – replicóle Tupã,. Si el miedo no existiese, seríais muy desdichados: así también, si todo lo obtuvieseis sin esfuerzo alguno, no sabríais el valor de las cosas... No llegarían a conocerse las virtudes curativas de las hierbas si no existieran las enfermedades; tampoco experimentaríais placer si no conocierais el dolor... Vagaríais errantes, padeciendo, si no pudierais morir, y yo no quisiera que vivierais renegando de la vida, cargados de hastío y de blasfemias... En estos lugares nada habría, sería un desierto terrible si yo no os pusiera a vosotros sobre este globo para multiplicáros indefinidamente... Si os afecta algún mal es porque Taû os somete a prueba y comienza entonces el combate entre él y Angatupyry. Esta será la eterna lucha del bien con el mal. Si llegáis a recobrar la salud, es porque Taû abandona la lid, derrotado, y es Angatupyry, en cambio, el que queda triunfante. No os dejéis llevar jamás por la tentación de robar, es mi principal consejo, y no creáis que si alguna vez cometiereis un hurto de las cosas de vuestros semejantes, aún a cubierto de toda mirada, no dejaría de conocerse luego vuestra falta, pues habéis de saber que siempre, en cualquier lugar que os encontréis, por signos que escaparán a vuestra más escrupulosa previsión y prudencia, asomará la vergüenza de vuestros actos.

Quedó un momento Tupã ensimismado, como abstraído en algún pensamiento profundo, y luego prosiguió:

No arrebatéis jamás la vida a vuestros semejantes, porque, quien así llegare a hacer, no gozará tranquilidad en todos sus días. Hubiera, querido yo que supierais con alguna anticipación lo que os sucederá, pero ello no es bueno ni conveniente, porque en conocimiento de vuestro destino, acaso lleguéis a cometer muchos excesos.

Llenaré de pájaros estos bosques (21) para que con su canto alegren estos lugares y por consiguiente a vosotros también, pero si por ventura yo llegare a ver que por perversa sed de maldad, sacrificáis inútilmente a los animales, no llegaréis a merecer jamás ninguna recompensa. Así también le pasará a los que mutilasen sin necesidad los árboles y las plantas. Alimentáos con sus frutos, pero no los destruyáis.

En vuestra sangre hay savia de ka'a ruvicha y es por eso que los árboles os aman a su manera. Tened presente que todos los vegetales tienen vida como vosotros, pero no os será dado nunca comprender su lenguaje.

En esta tierra hallaréis unas hierbecillas que deben ser mezcladas con ka'a ruvicha. De esta mezcla, ¡cuántos remedios maravillosos obtendréis! Con el sumo de ambos se compone un remedio milagroso, pero vosotros lograréis conocerlo sólo después de muchísimos esfuerzos.

Enseñad a vuestros hijos el amor a los suyos y recomendad especialmente a los varones que reconozcan y respeten a sus descendientes.

Roturad la tierra y sembrad en ella las semientes.

Arrancad las primicias y gustadlas en paz y tranquilidad.

Aquellos que se hayan unido en matrimonio, deben ayudarse mutuamente, debiendo repartirse cordialmente los frutos. Tomad ejemplo de los pájaros que cuando hallan un gusano, llaman alegremente a su compañera para saborearlo juntos.

A los buenos los ayudaré siempre y cuando lleguen a mi morada, después de muertos, les rodearé de mimos y cuidados.

Los que abrigan pensamientos perversos y tienen el espíritu del mal en sus entrañas, los que sólo siguen las indicaciones de Taû, no se librarán jamás del fracaso (22). Les pesará el vivir; les atormentarán los genios malignos, y todo lo que hicieran, contrariamente a sus deseos será. Toda la vida de estos seres, será un constante sufrimiento tanto físico como moral, y así purgará las faltas y pecados que hubiesen cometido.

A los que arrebatasen la vida a sus semejantes y a los que robasen, el remordimiento de Angekovóra (23) no dejará un momento en paz, atormentándole con mil punzantes garfios invisibles.

Os tatuaré (24) el rostro para que al fijáros, os acordéis que también existimos nosotros. De este modo nunca olvidaréis nuestras palabras.

No bien había acabado de hablar, cuando Tupã y Arasy desaparecieron de la vista de Rupavê y Sypavê.

Continúa en el CAPÍTULO III.

Primeros dos capítulos del libro "Nuestros Antepasados (Ñande Ypy Kuéra)de Narciso R. Colman.-
Agradecemos a la Biblioteca Virtual del Paraguay.-
E.Hyde.-
LIBROUSADO.COM

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