martes, enero 17, 2006

Literatura: Un cuento de Brian Aldiss.-

HEREJIAS DEL DIOS INMENSO (II).-

El Dios Inmenso permaneció donde se hallaba, en lo que hoy designamos la Posición del Mar Sagrado, durante cierto número de años, en todo y por todo inmóvil.
Para la humanidad, éste fue el gran período de formación de la Creencia, marcado por el establecimiento de la Iglesia Universal y caracterizado por sus numerosas convulsiones. Grandemente hubieron de sufrir los primeros sacerdotes y profetas a fin de que la Palabra se diseminara por el Mundo y las sectas blasfemas fuesen destruidas, aunque el Libro Clandestino de los Hechos de la Iglesia parece indicar que muchos de ellos eran en realidad miembros de anteriores iglesias que, viendo la luz, mudaron su lealtad.
La poderosa figura del Dios Inmenso se vio sometida a multitud de pequeños agravios. Las Mayores Armas de aquella remota era, frutos de la charlatanería técnica, eran llamadas Nucleares, y ésas le fueron arrojadas al Dios Inmenso, pero, como cabía esperar, sin efecto alguno. Muros de fuego se alzaron en vano a su alrededor. Nuestro Dios Inmenso, al que todos honramos y tememos, es inmune a la debilidad terrenal. Su cuerpo estaba revestido como con un Metal -ésa fue la semilla de la Segunda Cruzada- pero no tenía ninguna de las debilidades del metal.
Su descenso a la tierra fue acogido por la naturaleza con una respuesta inmediata. Los antiguos vientos que hasta entonces prevalecían se estrellaron contra sus poderosos costados y fueron desviados hacia otros lugares. Esto produjo el efecto de enfriar el centro de África, de tal manera que desaparecieron las selvas tropicales y todas las criaturas que en ellas moraban. En las tierras limítrofes de Caspana (entonces llamadas Persia y Járkov, según antiguos relatos), se desencadenaron huracanes de nieve durante una docena de crudos inviernos, llegando por el este hasta el interior de la India. En los demás lugares, por todo el mundo, la venida del Dios Inmenso se dejó sentir en los cielos, en forma de lluvias inesperadas, vientos erráticos y temporales que duraron muchos meses. También los océanos fueron perturbados, mientras que el gran volumen de agua desplazado por su cuerpo inundó las tierras cercanas, matando a muchos millares de seres y arrojando diez mil ballenas muertas a los muelles de Colombo.
La tierra se sumó a las convulsiones. Mientras se hundía el territorio situado bajo la gran masa del Dios Inmenso, disponiéndose a recibir lo que luego seria el Mar Sagrado, las tierras de alrededor se elevaron hacia Arriba formando pequeñas colinas, como las abruptas y salvajes Dolominas que hoy protegen los límites meridionales de Italandia. Hubo seísmos y nuevos volcanes y géiseres allí donde jamás había manado el agua, y plagas de serpientes, florestas incendiadas y muchos signos prodigiosos que ayudaron a los Primeros Padres de nuestra fe a convertir a los ignorantes. Por todas partes se extendieron, predicando que la única salvación se hallaba en entregarse a él.
Numerosos Pueblos Enteros perecieron en esta época de convulsión, entre ellos Búlgaros, Egipcios, Israelitas, Moravos, Kurdos, Turcos, Sirios, Turcos de las Montañas y también la mayor parte de los Eslavos del Sur, Georgianos y Croatas, los robustos Valacos y las razas Griegas, Chipriotas y Cretenses. Además de otras cuyos pecados eran muy grandes y cuyos nombres no fueron recogidos en los anales de la iglesia.
El Dios Inmenso abandonó nuestro mundo en el año 89 o, como algunos sostienen, en el 90. (Ésta fue la primera Partida y como tal se celebra. en el calendario de nuestra Iglesia, aunque la Iglesia Católica Universal lo denomina Día de la Primera Desaparición). Regresó en el 91, grande y temido sea su nombre.
Es poco lo que sabemos del periodo en que estuvo ausente de la Tierra. Podemos hacernos una idea de cómo pensaba entonces la gente si consideramos que, en general, las naciones de la Tierra se regocijaron grandemente. Siguieron produciéndose cataclismos naturales, pues los océanos se derramaran en el enorme hueco que él había creado, formando así nuestro amado y venerado Mar Sagrado. En toda la faz del planeta estallaron Grandes Guerras.
Su regreso en el año 91 puso fin a las guerras, como un signo de la gran paz que su presencia le prometía a su pueblo elegido.
Pero los habitantes del mundo en Aquella Época no eran todos de nuestra religión, por más que los profetas andaban entre ellos, y numerosas eran sus blasfemias. En el Museo Negro que hay adjunto a la gran basílica de Omán y Yemen se conservan pruebas documentales de que en este periodo intentaron comunicarse con el Dios Inmenso por medio de sus máquinas. No hace falta decir que no obtuvieron respuesta; pero muchos hombres razonaron entonces, en la confusión de sus mentes, que esto se debía a que el Dios era una Cosa, tal y como había profetizado el Gersheimer Negro.
En ésta su Segunda Venida, el Dios Inmenso bendijo nuestra tierra aposentándose principalmente dentro de los confines del Círculo Ártico, o lo que entonces era el Círculo Ártico, con su cuerpo extendido sobre el norte del Canadá, como era llamado, por encima de una gran península denominada Alaska, a través del Mar de Bering y por las regiones septentrionales de las tierras rusas hasta el río Lena, hoy Bahía de Lenn. Algunas de sus patas traseras quebraron grandes fragmentos del Hielo Ártico, mientras que otras patas delanteras se sumergían en el norte del Océano Pacífico. Pero en verdad para él no somos más que arena bajo sus pies y sus pies son indiferentes a nuestras montañas y nuestras Variaciones Climáticas.
En cuanto a su pavorosa cabeza, desde todas las ciudades de la franja costera del norte de América se la podía ver alzándose hasta la estratosfera y refulgiendo con un brillo metálico; desde ciudades hoy desaparecidas como Vancouver, Seattle, Edmonton, Portland, Blanco, Reno e incluso San Francisco. Fue la enérgica y pecaminosa nación que poseía estas ciudades la que entonces se volvió con más fuerza contra el Dios Inmenso. Todo el peso de su impía civilización científica se volvió contra él, pero lo único que consiguieron sus gentes fue destruir sus propias costas.
Mientras tanto, se produjeron nuevos cambios naturales. La masa del Dios Inmenso desvió a la Tierra en su diario girar, de modo que las estaciones se alteraron y los libros proféticos nos cuentan cómo los grandes árboles hacían brotar sus hojas para cubrirse en invierno y las perdían en verano. Los murciélagos volaban a la luz del día y las mujeres daban a luz niños peludos. La fusión de los casquetes polares causó grandes inundaciones, olas de marea y rocíos ponzoñosos, y sabemos que una noche se agitaron las aguas de la Profundidad, de tal forma que la marea que surgió de las Tierra Altas Malayas (como hoy las conocemos) fue tan poderosa que en pocas horas formó la península continental de Bestlandia con lo que hasta entonces habían sido los Continentes o Islas independientes de Singapur, Sumatra, Indonesia, Java, Sidney y Australia o Austria.
Con tan impresionantes portentos, nuestros sacerdotes pudieron Convertir a los Pueblos, y millones de supervivientes se apresuraron a ingresar en la Iglesia. Ésa fue la Primera Gran Época de la Iglesia, cuando la palabra se extendió por todo el asolado y transformado planeta. Nuestras instituciones se crearon a lo largo de las siguientes generaciones, principalmente en los diversos Concilios de la Nueva Iglesia (algunos de los cuales han sido luego reconocidos como heréticos).
No nos establecimos sin dificultades, e hizo falta quemar a mucha gente antes de que el resto se apercibiera de la fe que Ardía En Ellos. Pero, según fueron pasando las generaciones, el Verdadero Nombre del Dios se extendió por un territorio cada vez más amplio.
Solo los habitantes del norte de América seguían aferrándose mayoritariamente a su abyecta superstición. Fortificados por su ciencia, rechazaban la Gracia. Así fue como en el Año 271 se emprendió la Primera Cruzada, especialmente contra ellos pero también contra los Irlandeses, cuyas opiniones heréticas no estaban sustentadas en la ciencia: los Irlandeses fueron rápidamente Erradicados casi hasta el último hombre. Los Americanos eran más formidables, pero esta dificultad sólo sirvió para agrupar a la gente y unir aún más a la Iglesia.
La Primera Cruzada se libró para combatir la Primera Gran Herejía de la Iglesia, la herejía que proclamaba que el Dios Inmenso era una Cosa y no un Dios, según lo había expuesto Gersheimer Negro. Concluyó satisfactoriamente cuando el jefe de los Americanos, Lionel Undermeyer, se reunió con el Venerable Obispo Emperador del Mundo, Jon II, y consintió en que los mensajeros de la Iglesia disfrutaran de libertad para predicar en América sin ser estorbados. Tal vez habría podido forzarse un convenio más severo, como aducen algunos comentaristas, pero para entonces ambos bandos padecían grandes penurias a causa de la peste y la hambruna, porque las cosechas del mundo se habían perdido. Fue una afortunada coincidencia que la población del mundo ya se hubiera reducido a la mitad, pues de otro modo la reorganización de las estaciones habría ido seguida del hambre más absoluta.
En todas las iglesias del mundo se rogó al Dios Inmenso que diera una señal de que había sido Testigo de la gran derrota infligida a los infieles Americanos. Quienes se opusieron a este ...
CONTINUA MAÑANA.-
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