miércoles, enero 18, 2006

Literatura: Un cuento de Brian Aldiss.-

HEREJIAS DEL DIOS INMENSO (III).-

inspirado acto fueron destruidos. El Dios respondió a las plegarias en el 297, avanzando velozmente una Pequeña Porción y acomodándose principalmente en el Océano Pacífico a donde llegaba por el sur a lo que ahora es la Antarta, entonces era el Trópico de Capricornio y anteriormente había sido el Ecuador. Algunas de sus patas izquierdas cubrieron numerosas ciudades de la costa occidental de América, entre las que se contaban algunas de las que ya hemos citado, como San Francisco, y llegaron por el sur hasta Guadalajara (donde el Templo del Santo Dedo honra todavía la huella de su pie). Este es el movimiento que designamos Primera Mudanza, y fue justamente considerado como una prueba indiscutible del desprecio del Dios Inmenso hacia América.
Tal sensación prevaleció también en la propia América. Purificados por el hambre, los descomunales terremotos y otras catástrofes naturales, sus habitantes quedaron mejor preparados para aceptar las palabras de los sacerdotes y se convirtió hasta el último hombre. Se emprendieron peregrinaciones en masa para contemplar el enorme cuerpo de Dios, que cubría su nación de un extremo a otro. Los peregrinos más osados ascendían en aeroplanos voladores y sobrevolaban su lomo, barrido Sin Cesar por terribles tempestades durante más de cien años. Los que allí se convirtieron se volvieron más Extremados que sus hermanos del otro lado del mundo, más antiguos en la fe. Apenas se habían unido las congregaciones americanas con las nuestras cuando ya se separaban por una desavenencia doctrinal en el Concilio de la Tenca Muerta (322). Esta fecha marca el surgimiento de la Iglesia Católica Universal Sacrificial. En aquellos remotos días, los creyentes de la fe Ortodoxa no disfrutábamos de la armonía que reina hoy con nuestros hermanos Americanos.
El punto de la doctrina que dio lugar al cisma de las iglesias fue, como por todos es sabido, la cuestión de si la humanidad debía o no utilizar vestiduras que imitaran el lustre metálico del Dios Inmenso. Se adujo que esto equivalía, a equiparar al hombre
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con la Imagen de Dios, pero en realidad se trataba de una calumnia deliberada contra los sacerdotes Ortodoxos Universales, que utilizaban prendas de plástico o metal en honor de su hacedor.
De ahí surgió la Segunda Gran Herejía. Como este prolongado y confuso periodo ha sido estudiado a fondo en otros tratados, no es necesario que nos detengamos en él: diremos tan sólo que la disputa llegó a su apogeo con la Segunda Cruzada, que los Católicos Universales Americanos emprendieron contra nosotros en el año 450. Puesto que todavía poseían una gran preponderancia de máquinas, consiguieron imponer sus opiniones, saquear varios monasterios a las orillas del Mar Sagrado, deshonrar a nuestras mujeres y regresar gloriosamente a su tierra.
Desde entonces, todos los habitantes del planeta se cubren únicamente con prendas de lana o piel. Quienes se opusieron a este inspirado acto fueron destruidos.
Sería un error resaltar excesivamente las querellas del pasado. Durante todo este tiempo, la mayoría de las personas se dedicaban pacíficamente al culto, eran sacrificadas regularmente y rezaban cada amanecer y cada anochecer (fuera cuando fuese) para que el Dios Inmenso abandonara nuestro mundo, ya que no éramos dignos de él.
La Segunda Cruzada dejó un reguero de problemas tras ella; en conjunto, los cincuenta años que siguieron no fueron años felices. Las huestes Americanas regresaron a su país para descubrir que la enorme presión ejercida sobre la plataforma continental occidental había creado muchos volcanes en su mayor cordillera, las Montañas Rocosas. Su tierra estaba cubierta de lava y fuego, y su aire cargado de hedionda ceniza.
Acertadamente, aceptaron esto como una señal de que su conducta dejaba mucho que desear a los ojos del Dios Inmenso (pues, aunque nunca se ha podido demostrar que tenga ojos, no cabe duda de que Nos Ve). Puesto que el resto del mundo no había sido Visitado por un castigo de semejante escala, adivinaron correctamente que su pecado era que seguían aferrándose a la tecnología y a las armas de la tecnología contra los deseos de Dios.
Con fe intensa en sus corazones, destruyeron hasta el último artefacto de la ciencia que aún quedaba, desde los Nucleares a los Abrelatas y, como acto propiciatorio, arrojaron a cien millares de vírgenes de la fe en los volcanes más a propósito. Quienes se opusieron a estos inspirados actos fueron destruidos, y algunos ceremonialmente devorados.
Nosotros, los creyentes de la fe Ortodoxa Universal, aplaudimos esta ejemplar acción de nuestros hermanos. Pero no estábamos seguros de que se hubieran purificado lo suficiente. Puesto que ya no poseían armas y nosotros aún teníamos algunas era evidente que podíamos ayudarles en su purificación. Por consiguiente, una poderosa flota de ciento sesenta y seis navíos de madera zarpó con rumbo a América, para ayudarles a sufrir por la religión y, de paso, para recobrar parte del botín que se habían llevado. Esta fue la Tercera Cruzada del año 482, bajo Jon el Rechoncho.
Mientras los dos ejércitos contendientes libraban la batalla en las afueras de Nueva York, se produjo la Segunda Mudanza. No duró más allá de cinco minutos.
En este lapso, el Dios Inmenso se volvió hacia su costado izquierdo, se arrastró sobre el centro de lo que entonces era el continente del Norte de América, cruzó el Atlántico como si fuera un charco, se desplazó a través de África y vino a detenerse al Sur del Océano Indico, destruyendo Madagaska con una pata trasera. En Todas las Partes de la Tierra se hizo la noche.
Cuando llegó el amanecer, difícilmente podía quedar un solo hombre que no creyera en el poder y la sabiduría del Dios Inmenso, a cuyo nombre corresponde todo el Terror y la Fuerza. Lamentablemente, entre los que no podían creer figuraban los dos ejércitos rivales, que habían sido engullidos por una Oleada de Tierra y Rocas ante el paso del Dios.
En el caos subsiguiente sólo prevaleció una nota de cordura: la cordura de la Iglesia. La Iglesia estableció como Tercera Gran Herejía la idea de que al hombre pudiera serle permitida ninguna máquina contra los deseos de Dios. Hubo cierta disputa doctrinal acerca de si los libros debían considerarse o no como máquinas. Por las dudas, se decidió que sí lo eran. A partir de entonces todos los hombres quedaron en libertad de no hacer nada más que trabajar en los campos y rendir culto, y orar al Dios Inmenso para que se retirase a otro mundo más digno de su poderío. Al mismo tiempo se incrementó el número de sacrificios y se introdujo el Método de la Quema Lenta (año 499).
A continuación vino la gran Paz, que duró hasta el 900. Durante todo este tiempo, el Dios Inmenso no se movió; en verdad se ha dicho que los siglos no son más que segundos para él. Es probable que la humanidad no haya conocido jamás una paz tan prolongada como la de estos cuatrocientos años; una paz que existía en el interior de los corazones ya que no en el exterior, pues, naturalmente, el mundo se hallaba sumido en Cierto Desorden. La enorme fuerza del desplazamiento del Dios Inmenso a través de medio mundo había trastornado en gran medida la sucesión de los días y las noches. Algunas leyendas afirman que, antes de la Segunda Mudanza, el sol salía por el este y se ponía por el oeste; precisamente al contrario que el orden natural de las cosas según nosotros las conocemos.
Gradualmente, este periodo de paz conoció cierto restablecimiento del orden de las estaciones y cierta cesación de las crecidas, chubascos de sangre, pedriscos, terremotos, diluvios de carámbanos, apariciones de cometas, erupciones volcánicas, nieblas miasmáticas, vendavales destructivos, plagas agrícolas, plagas de lobos y dragones, maremotos, tornados de un año de duración, lluvias feroces y demás azotes que las escrituras de este periodo con tanta elocuencia describen. Los Padres de la Iglesia, retirándose a la relativa seguridad de los mares interiores y las soleadas praderas de Gobilandia, en Mongolia, establecieron una nueva ortodoxia bien calculada en su rigor de oraciones y sacrificios humanos en la hoguera para incitar al Dios Inmenso a dejar nuestro pobre y miserable mundo rumbo a otro mejor y más substancioso.
Con esto la historia llega casi al momento actual. El año 900, apenas una década antes del momento en que vuestro escriba redacta estas notas. ¡Ese año el Dios Inmenso abandonó nuestra tierra!
Recordad, si os place, que la Primera Partida en el año 89 no duró más de veinte meses. ¡Ya ahora el Dios Inmenso se ha alejado de nosotros casi la mitad de este número de años! ¡Necesitamos su vuelta; no podemos vivir sin él, como habríamos debido comprender Hace Mucho de no haber sido blasfemos en nuestro corazón!
Al partir, impulsó nuestro humilde globo hacia un rumbo tal que estamos condenados a vivir todo el año en el más crudo de los inviernos; el sol está lejano y encogido; los mares se congelan durante la mitad del año: témpanos de hielo desfilan por nuestros campos; a mediodía, es demasiado oscuro para leer sin una vela. ¡Ay de nosotros!
Pero, en verdad, merecemos nuestro sino. Es un castigo justo, pues durante todos los siglos de nuestra época, cuando nuestra especie vivía relativamente feliz y sin perturbaciones, orábamos como dementes para que el Dios Inmenso nos dejara.
Solicito a todos los Ancianos Elegidos del Consejo que repudien tales oraciones como la Cuarta y Mayor Herejía y declaren que, de ahora en adelante, todos los esfuerzos de la humanidad se encaminarán a llamar al Dios Inmenso para rogarle que regrese a nosotros de inmediato.
Igualmente solicito que vuelva a incrementarse el número de sacrificios. Es inútil tratar de escatimar sólo porque se nos están acabando las mujeres.
Igualmente solicito que se emprenda una Cuarta Cruzada a toda prisa, ¡antes de que el aire empiece a congelarse dentro de nuestras narices!

FIN.-
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