sábado, enero 21, 2006

Literatura: Un cuento de Ray Bradbury.-


EL BASURADOR (Segunda parte):

En la mañana del duodécimo día de encierro, la abuela llamó desde el teléfono de su habitación:
-Hola, Tom. ¿Eres tú? ¿Estás trabajando?
-Acaba de llamar a mi oficina. ¿Por qué me lo pregunta?
-Es verdad. -La anciana colgó y bajó en puntillas las escaleras hasta el recibidor.
Liddy alzó la vista, sorprendida.
-¡Abuela!
-¿Quién otra podía ser? ¿Llegó Tom?
-Sabes que está trabajando.
-Sí, claro. -La abuela miró sin parpadear a su alrede¬dor, lamiéndose los dientes de porcelana.
-Lo acabo de lla¬mar. Tarda unos diez minutos en llegar a casa, ¿no?
-A veces, media hora.
-Bien. No puedo estar más en mi dormitorio. Tenía que bajar un rato, verte, estar por acá, respirar. -Sacó un peque¬ño reloj de oro que guardaba junto a su pecho.
-En diez minutos, vuelvo a subir. Y volveré a llamar a Tom para ver si sigue trabajando. Si todavía está ahí, puedo volver a bajar. -Abrió la puerta del frente y en esa fresca tarde de verano, gritó:
-Spottie, ven aquí. Kitten, ven, pequeño gatito.
Un inmenso perro blanco gimoteó pidiendo que lo deja¬ran entrar, seguido de un rollizo gato negro que saltó sobre su falda cuando la abuela se sentó.
-¡Mis queridos amigos! -los saludó la abuela, mientras los acariciaba. Permaneció echada hacia atrás, con los ojos cerrados, lista para escuchar el canto de su maravilloso cana¬rio en su jaula dorada, que colgaba junto a la ventana del co¬medor.
Silencio.
La abuela se levantó y se asomó por la puerta del come¬dor.
No tardó un instante en advertir lo que había ocurrido en la jaula.
Estaba vacía.
-¡Singing Sam no está! -gritó la abuela. Corrió a revi¬sar la jaula vacía.
-¡Desapareció!
La jaula se cayó al piso, en el preciso instante en que Liddy llegó.
-Pensé que estaba demasiado silencioso, pero no sabía por qué. Seguramente dejé la jaula abierta por error...
-¿Estás segura? Ay, Dios mío. ¡Espera!
La abuela cerró los ojos y llegó a duras penas hasta la cocina. Al toparse con el frío de la pileta, abrió los ojos y miró hacia abajo.
El Basurador estaba radiante, silencioso, con la boca abierta. En el borde se alcanzaba a ver una pequeña pluma amarilla.
La abuela abrió la canilla.
El Basurador masticó y tragó en medio de una explosión de ruidos.
Lentamente, la abuela se llevó las manos huesudas a la boca.

Su habitación estaba tan quieta como las aguas de un estanque. La abuela permanecía allí como un árbol silencioso, sabiendo que una vez que se alejara de su sombra, se vería asaltada por el terror de la jungla. Tras la desaparición de Singing Sam, el horror había crecido como un hongo hasta convertirse en histeria. Liddy había tenido que forcejear para alejarla de la pileta de la cocina, donde la abuela intentó aca¬bar con la glotonería de la máquina, provista de un martillo. Luego, la había llevado a la rastra escaleras arriba y le había puesto compresas de hielo sobre el furioso ardor de la frente.
-¡Singing Sam! ¡Mató a Singing Sam! -lloraba y se lamentaba la abuela. Pero luego, el alboroto cesó y recuperó su firme determinación. Volvió a echar a Liddy de su habita¬ción; ahora se agolpaba en su interior una furia gélida que se sumaba a su pánico y terror. ¡Pensar que Tom había sido capaz de hacerle esto a ella!
La abuela ya no abría la puerta para permitir que le entra¬ran una bandeja. Se hacía dejar la cena en el corredor, sobre una silla ubicada junto a la puerta de su habitación, y ella la retiraba a través del pequeño resquicio que quedaba cuando abría la puerta asegurada con una cadena. Por esa abertura se alcanzaba a ver su mano esquelética que se lanzaba con la rapidez de un pájaro sobre la carne y el maíz, picoteaba bocados y desaparecía entre aleteos para volver a sobrevolar el plato en busca de más.
-Gracias. -Y el pájaro veloz se desvanecía al cerrarse la puerta.
-Seguramente Singing Sam se voló y escapó, abuela -le dijo Liddy desde la tienda, de donde llamó a la habitación de la abuela, porque la anciana se rehusaba a hablar de otra ma¬nera.
-¡Buenas noches! -exclamó la abuela y colgó.
Al día siguiente, la abuela llamó nuevamente a Thomas.
-¿Estás ahí, Tom?
-¿En qué otro lugar podría estar?
Y la abuela bajó corriendo las escaleras.
-Ey, Spot, Spottie. ¡Ven aquí! ¡Y tú también, Kitten! No hubo respuesta ni del perro ni del gato.
Ella esperó, sosteniéndose de la puerta, y luego llamó a Liddy.
Liddy llegó.
-Liddy, ve a fijarte en el Basurador -le dijo con voz inerme, apenas audible y sin mirarla-. Levanta la tapa de metal y dime lo que ves.
La abuela oyó los pasos de Liddy que se alejaban. Silen¬cio.
-¿Qué ves? -exclamó la abuela, impaciente y con temor.
Liddy dudó.
-Un trozo de piel blanca...
-¿Qué más?
-Y un trozo de piel negra.
-Basta. No me digas más. Tráeme una aspirina. Liddy obedeció.
-Tú y Tom deben ponerle fin a esto, abuela. Me refiero a este estúpido juego. Le voy a dar un buen reto esta noche. Ya ha dejado de resultarme gracioso. Pensé que si te dejaba en paz dejarías de enloquecerte con la idea del león. Pero ya hace una semana...
-¿Realmente crees que volveremos a ver a Spot o a Kitten? -preguntó la abuela.
-Volverán para la hora de la cena, hambrientos como siempre -replicó Liddy-. Fue muy cruel de parte de Tom poner esa piel en el Basurador. Voy a terminar con esto de una buena vez.
-¿En serio, Liddy? -La abuela subió las escaleras, sonámbula.- ¿En serio, Liddy?
La abuela se pasó la noche urdiendo un plan. Todo esto debía terminar. El gato y el perro no habían regresado a la hora de la cena, a pesar de que Liddy se reía y decía que sí volverían. La abuela tomó una decisión. Era hora de que li¬braran el duelo final. ¿Destruir la máquina? Pero él no tarda-ría en instalar otra y, antes de que eso sucediera, la llevaría a un manicomio si no dejaba de quejarse y balbucear sus pe¬nas. No, era necesario provocar una crisis, a su modo y a su debido tiempo. ¿Pero cómo? A Liddy había que alejarla de la casa mediante algún tipo de ardid. Luego, la abuela debería enfrentar a Thomas, por fin, a solas. Estaba harta de sus sonrisas, desgastada de tanto comer a toda prisa para volver a esconderse, para escurrirse rápidamente por la puerta. No. Saboreó el perfume del viento frío de la medianoche.
-Mañana será un hermoso día para ir de picnic -resolvió
-¡Abuela! -La voz de Liddy se filtró por el agujero de la cerradura.
-Nos vamos. ¿Estás segura de que no quieres venir con nosotros?
-No, querida. Diviértanse. Es una mañana espléndida.
Era un sábado lleno de sol. La abuela, temprano, había llamado al piso de abajo de la casa para sugerir que salieran con una canasta llena de sándwiches de jamón y encurtidos a disfrutar del verde del bosque. Tom había aceptado de inmediato. ¡Por supuesto! ¡Un picnic! Tom se había reído con regocijo mientras se frotaba las manos.
-¡Adiós, abuela!
El crujido del mimbre de la canasta, el golpe de la puerta, el encendido del motor del auto que se internaba en el mara¬villoso clima de aquel sábado...
-Muy bien. -La abuela apareció en el living.
-Ahora, es cuestión de tiempo. El va a encontrar la excusa para volver. Me di cuenta por su tono de voz. Estaba demasiado feliz. Va a volver... y solo.
Barrió vigorosamente la casa con una escoba de paja. Sentía que estaba barriendo todos los pedazos de Thomas Barton, limpiando sus huellas para siempre. Todos los fragmentos de tabaco y los periódicos prolijos que había esparcido con su café matinal de Brasil, los hilos de su escrupuloso traje de tweed, los pequeños objetos de su oficina... ¡afuera! Era como montar un escenario. Levantaba inmensas sombras verdes para dejar que el verano inundara el ambiente con sus colores brillantes. La casa estaba terriblemente solitaria sin el perro que martillara como una máquina de escribir colocada en el piso de la cocina, sin el gato que maullara acurrucado como un algodoncillo sobre las alfombras de color rosa y sin el ca¬nario dorado palpitando en su jaula de oro. El único ruido que se oía ahora era el suave suspiro que la abuela lanzaba mientras su cuerpo afiebrado ardía en el interior de su propia vejez.
En el medio del piso de la cocina dejó caer el contenido de grasa de una sartén.
-¡Qué barbaridad! ¡Mira lo que has hecho! -dijo riéndose-. Ten cuidado. Alguien podría res-balarse y caer. -No lo limpió sino que se sentó en el otro extremo de la cocina.
-Estoy lista -le anunció al silencio.
La luz del Sol se acurrucaba sobre su regazo mientras ella se dedicaba a acunar un pote de chauchas. En la mano soste¬nía un cuchillo para abrirlas. Sus dedos revolvían las vainas verdes. El tiempo pasaba. La cocina estaba tan silenciosa que oía cómo la heladera canturreaba detrás de su cierre herméti¬co de goma. La abuela, con la sonrisa contenida, se dedicaba a sacar las arvejas de las vainas.
De pronto, la puerta de la cocina se abrió y se cerró sigi¬losamente.
-Llegó -dijo la abuela al tiempo que soltaba el pote.
-Hola, abuela -saludó Tom.
En el piso, cerca de la mancha de grasa, las arvejas yacían esparcidas como un collar recién roto.
-Volviste -dijo la abuela.
-Sí, volví -dijo Tom-. Liddy está en Glendale. La dejé haciendo compras. Le dije que me había olvidado algo y que la pasaría a buscar en una hora.
Se miraron.
-Me dijeron que se va a ir de viaje, abuela -dijo Tom.
-Es extraño. A mí me contaron eso de ti -contestó la anciana.
-De pronto, usted se marchó sin despedirse -dijo Tom.
-De pronto, empacaste y te marchaste -respondió la abuela.
-No, usted -dijo él.
-No, tú -dijo ella.
Tom dio un paso en dirección a la mancha de grasa.
El agua que se había acumulado en la pileta se agitó con su movimiento. Caía en la garganta del Basurador, que entonces comenzó a emitir un sonido de húmedos ahogos. Tom no advirtió cuando su zapato resbaló en la grasa.
-Tom. -La luz del Sol refulgió en el cuchillo de la abuela.
-¿Qué puedo hacer por ti?
El cartero dejó seis cartas en el buzón de los Barton y escuchó.
-Ahí está el león otra vez -comentó-. Y ahí viene al¬guien cantando.
Unos pasos se acercaron a la puerta y una voz comenzó a cantar:

Un, dos, tres
Huelo la sangre de origen inglés,
Hombre vivo o muerto comeré,
Y sus huesos en pan convertiré...

La puerta se abrió de par en par.
-¡Buen día! -exclamó la abuela sonriente. En ese preciso instante, el león rugió.


FIN.-
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