viernes, enero 20, 2006

Literatura: Un cuento de Ray Bradbury.-

EL BASURADOR (Primera parte):

EL CARTERO RECORRÍA LA ACERA DERRITIÉNDOSE BAJO AQUEL caluroso sol estival, con la nariz chorreando sudor y los dedos húmedos apoyados sobre su bolso de cuero atestado de cartas.
-Veamos... La próxima parada es la casa de los Barton. Son tres cartas. Una para Thomas Q, una para su mujer Liddy y otra para la abuela. ¿Todavía vive? ¡Cómo duran algunos, Dios mío!
Deslizó las cartas por el buzón y se quedó petrificado. Un león acababa de lanzar un rugido.
Dio un paso hacia atrás, con los ojos abiertos de asom¬bro.
El mosquitero canturreó al abrirse sobre su tenso resorte.
-Buenos días, Ralph.
-Buenos días, señora Barton. Acabo de oír a su mascota. Lindo leoncito, ¿no?
-¿Qué dices?
-Sí, parece un león. Lo oí en la cocina.
Ella prestó atención.
-¡Ah! Te refieres a eso. Es nuestro Basurador. Supongo que sabes qué es. Es nuestro nuevo artefacto para eliminar los residuos.
-¿Lo compró su marido?
-Sí. Ustedes, los hombres, y las máquinas. Es capaz de comerse cualquier cosa, con huesos y todo.
-Tenga cuidado, entonces. Podría comerla a usted.
-No, no temas. Sé domesticar a las fieras -dijo riéndo¬se y se detuvo a escuchar-. Es cierto, parece que fuera un león.
-Y hambriento. Bueno, hasta la próxima.
Y el muchacho se alejó en el calor de la mañana.
Liddy subió las escaleras corriendo con las cartas en la mano.
-¿Abuela? -Golpeó a la puerta.
-Tienes correspon¬dencia.
La puerta siguió en silencio.
-¿Abuela? ¿Estás ahí?
Después de una larga pausa, una voz de mimbre seco res¬pondió:
-Sí.
-¿Qué estás haciendo?
-No me hagas preguntas si no quieres que te conteste con una mentira -recitó la vieja, desde su escondite.
-Has estado allí toda la mañana.
-Y me quedaré todo el año si es necesario -espetó la abuela.
Liddy intentó abrir la puerta.
-¡La cerraste con llave!
-Así es.
-¿Bajarás a comer, abuela?
-No. Tampoco a cenar. No bajaré hasta que te deshagas de esa maldita máquina que está en la cocina. -Su ojo pedernalino se asomó por el agujero de la cerradura para ver a su nieta.
-¿Te refieres al Basurador? -preguntó Liddy con una sonrisa.
-Escuché al cartero. Tiene razón. No estoy dispuesta a tener un león en mi propia casa. ¡Escucha! Ahí está tu mari¬do usándola.
Abajo, el Basurador rugía mientras se tragaba la basura, con huesos y todo.
-¡Liddy! -gritó su marido-. Liddy, ven aquí. Ven a ver cómo funciona.
Liddy le habló a su abuela por el orificio de la cerradura.
-¿No quieres venir a ver, abuela?
-No.
Detrás de Liddy se oyeron unas pisadas. Al darse vuelta vio a Tom en lo alto de las escaleras.
-Ven a probarla, Liddy. Tengo un par de huesos que me dio el carnicero. Los mastica de verdad.
Liddy bajó hasta la cocina.
-Es espantoso, pero... ¿por qué no?
Thomas Barton se quedó prolijamente plantado junto a la puerta de la habitación de la abuela y esperó un minuto, sin moverse, con una sonrisa escrupulosa en los labios. Golpeó suavemente, casi con delicadeza.
-¿Abuela? -susurró.
No obtuvo respuesta.
Movió el picaporte lentamente.
-Sé que está ahí, vieja bruja. ¿Lo oye, abuela? Allí abajo. ¿Lo oye? ¿Por qué se encerró? ¿Le pasa algo? ¿Qué puede molestarla en un hermoso día de verano como hoy?
Silencio. Tom se fue al baño.
El corredor quedó vacío. Desde el baño llegaba el sonido del agua que corría. Entonces, la voz de Thomas Barton se alzó alta y resonante en el cuarto azulejado y cantó:

Un, dos tres,
Huelo sangre de origen inglés,
Mujer viva o muerta comeré,
Y sus huesos en pan convertiré...

En la cocina, el león rugía.
La abuela olía a mueble de altillo, a polvo, a limón y parecía una flor marchita. Su mandíbula firme estaba fláccida y sus pálidos ojos dorados echaban chispas mientras permanecía sentada en su silla como un asesino que corta el cálido aire del mediodía al mecerse hacia adelante y hacia atrás. Oyó la canción de Thomas Barton.
Su corazón se endureció como un cristal de hielo.
Había oído a su nieto político abrir el paquete aquella mañana, un chico que acababa de recibir un malicioso jugue¬te navideño. El furioso crujido, el desgarrar del envoltorio, el grito de triunfo, el ansioso manipuleo de sus dedos sobre aque¬lla máquina dentada... Se había topado con los ojos amarillos de águila de la abuela en el recibidor y le había hecho un gui¬ño cargado de poder. ¡Bang! La abuela se encerró en su dor¬mitorio.
La abuela se pasó temblando toda la mañana en su cuar¬to.
Liddy volvió a llamar a la puerta, preocupada por la hora de su almuerzo, pero fue recibida con un violento rechazo.
Avanzaba la sofocante tarde y el Basurador revivía glo¬riosamente bajo la pileta de la cocina. Se alimentaba, comía, molía, emitía ruidos con su boca hambrienta y sus malvados dientes ocultos. Giraba y lanzaba quejidos. Deglutía costillas de cerdo, granos de café, cáscaras de huevo, muslos de aves. Tenía un hambre antiguo que, si no era saciado, se mantenía a la espera, agazapado, con sus vísceras metálicas como hélices capaces de desgranar objetos con el filo de una navaja y el destello de la avidez.
Liddy le llevó la cena en una bandeja.
-Pásala por debajo de la puerta -le gritó la abuela.
-¡Por Dios! Abre la puerta al menos lo necesario para poder pasártela -dijo Liddy.
-Mira por encima de tu hombro y asegúrate de que no haya nadie en el corredor.
-No hay nadie.
-¡Ahora!
La puerta se abrió y la mitad de los granos de maíz se desparramaron cuando la abuela tomó violentamente la ban¬deja. Luego, sacó a Liddy de un empujón y volvió a cerrar la puerta.
-Por un pelo -exclamó, mientras apoyaba la mano para frenar la alocada carrera de liebre de su corazón.
-Abuela, ¿qué diablos te picó?
La abuela miró cómo giraba el picaporte.
-No tiene sentido decírtelo porque no me creerías, pe¬queña. Con todo mi amor les ofrecí mi casa hace un año. Pero Tom y yo siempre nos tuvimos animadversión. Ahora está decidido a que yo desaparezca, pero no lo logrará. No, señor. Sé cuál es su truco. Un día volverás de la tienda y no me encontrarás por ningún lado. Le preguntarás a Tom qué le pasó a la abuela y él, con una dulce sonrisa en los labios, te dirá: "¿La abuela? Acaba de marcharse a Illinois. Empacó sus cosas y se fue." Y no volverás a ver a tu abuela, Liddy. ¿Y sabes por qué? ¿Tienes algún presentimiento?
-Abuela, no digas tonterías. Tom te quiere mucho.
-Lo que verdaderamente quiere es mi casa, mis antigüe¬dades, el dinero que guardo debajo del colchón. Eso es lo que ama de mí. Vete que yo pondré las cosas en su lugar a mi modo. Me quedaré encerrada hasta que se extingan las llamas del infierno.
-¿Qué será de tu canario, abuela?
-Tú te ocuparás de darle de comer a Singing Sam. Com¬pra hamburguesas para Spottie. Es un perro feliz y no puedo dejarlo morir de hambre. Tráeme a Kitten de vez en cuando. No puedo vivir sin ver a mi gato. Ahora, vete. Me meteré en la cama.
La abuela se acostó como un cadáver que prepara su pro¬pio ataúd. Plegó sus dedos de cera amarillentos sobre su pecho fruncido, al tiempo que cerraba sus párpados semejantes a un par de polillas. ¿Qué hacer? ¿Qué arma usar contra ese intrincado artilugio mecánico? ¿Recurrir a Liddy? Pero Liddy era tan fresca como el pan recién horneado, su rostro roza¬gante se excitaba sólo ante los bizcochos de canela y los pa¬necillos esponjosos, siempre olía a levadura y leche tibia. El único homicidio que Liddy podía llegar a considerar era aquel en el que la víctima termina sobre el plato de la cena, con una naranja embutida en la boca y las garras enfundadas en cuero rosado, callando ante las incisiones de un cuchillo. No, era imposible decirle la cruda verdad a Liddy; no haría más que reírse y ponerse a cocinar otra torta.
La abuela dejó escapar un largo suspiro que se perdió en el aire.
La pequeña vena de su cuello de pollo dejó de palpitar. Lo único que se movía en la habitación eran los frágiles bra¬midos de sus pequeños pulmones, como fantasmas cargados de aprehensión, entre un suspiro y otro.
Abajo, en su cueva de cromo reluciente, el león dormía.

Transcurrió una semana.
La abuela dejaba su guarida sólo para correr hacia el baño. Cuando Thomas Barton encendía el motor del auto, ella salía del dormitorio a rauda velocidad. Sus visitas al baño eran in¬trépidas y explosivas. Al cabo de un par de minutos, estaba nuevamente tendida en su cama. Algunas mañanas, Thomas se demoraba en ir a su oficina, deliberadamente, y se quedaba erecto como un número uno, matemáticamente prolijo, frente al dormitorio de la abuela, sonriendo con su propia demora.
Una vez, en medio de una noche de verano, ella se escu¬rrió de su dormitorio y bajó a alimentar al "león" con una bolsa llena de tuercas y tornillos. Esperaba que Liddy la pu¬siera en marcha temprano por la mañana y la máquina mu¬riera atragantada. Se quedó en la cama y oyó los primeros bostezos y movimientos de la pareja, presta a escuchar los aullidos del león que se ahogaba con los tornillos, las arandelas y las tuercas y hasta que por fin aquellas piezas indigeribles le acercaran a sus oídos el último estertor.
Oyó que Thomas bajaba las escaleras.
Media hora más tarde, Tom venía a anunciarle:
-Le traigo un regalo, abuela. Mi león dijo: "No, gra¬cias".
Al asomarse, tiempo después, la abuela encontró las tuercas y los tornillos colocados prolijamente en fila junto al umbral de su cuarto...


FINALIZA MAÑANA...
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