jueves, febrero 23, 2006

Literatura: Reportaje a Richard Bach.-

EL AUTOR DE "JUAN SALVADOR GAVIOTA" ESTA EN LA ARGENTINA PRESENTANDO SU NUEVO LIBRO: "MENSAJES PARA SIEMPRE"
La pasión de muchísimos lectores por Richard Bach empezó en los años '70: su libro «Juan Salvador Gaviota», que editó Javier Vergara y que en la Argentina contribuyó a hacer popular, por radio, la voz de Hugo Guerrero Martinheitz, ya lleva vendidos más de 30 millones de ejemplares y generó un culto propio. Luego, vinieron otros como «Ilusiones» (que Meg Ryan quiere hacer en cine), «El puente hacia el infinito» y «Uno», entre muchos más.
Richard Bach, un platónico moderno: también él cree que vivimos en una caverna. El sábado estará en la Feria del Libro para presentar "Mensajes para siempre" y dialogar con el público.
Escritor, poeta, piloto, platónico a su manera y, sobre todo, pragmático, Bach (que tiene 64 años y aparenta mucho menos) está en el país para presentar en la Feria del Libro «Mensajes para siempre», una antología ilustrada de sus escritos cuya edición príncipe es argentina y fue promovida por las editoras Trinidad Vergara y Lidia María Riba, quienes en su momento viajaron hasta Seattle para convencerlo, y lo lograron. Es el primer libro de Bach que aparece primero en español y luego lo hará en inglés y el resto de los idiomas. Bach dialogará con sus lectores en la Feria del Libro el próximo sábado 6, a las 18.30, en la sala Leopoldo Lugones. Nos encontramos con él:
Periodista: ¿Bach es su verdadero nombre?

Richard Bach: Sí, lo es.

P.: Para usted, que tanta importancia le da a las palabras y que no cree que nada ocurra por azar, ¿qué tipo de predestinación le atribuye a ese apellido y a su búsqueda de una verdad entre musical y matemática?

R.B.: Recuerdo que cuando yo era chico, y supe de la existencia de Johann Sebastian Bach, corrí a preguntarle a mi padre si nosotros éramos sus familiares. El no dudó un instante: «Sí», me aseguró, cosa que a mí me llenó de orgullo. Claro, con el paso del tiempo empecé a sospechar de su certeza, y volví a preguntarle: «Pero, ¿qué pruebas tienes de que somos descendientes de Bach?». Entonces se sonrió, y me dijo: «Ninguna». Bueno, eso tuvo su lección: a veces creer en algo, como mi inocencia al suponerme unido a Bach, es tan importante como serlo.

Lectores

P.: ¿Es verdad que no le agrada mucho hablar de sus libros y que prefiere que el lector tenga su experiencia, no tamizada, con ellos?

R.B.: Hay algo que me da miedo, porque me ha ocurrido. Fue una vez que me puse a hablar con un amigo sobre un libro que pensaba escribir, y lo hice con tanto detalle, con tal minuciosidad, que al momento de sentarme a redactar me encontré con que ya no me sorprendía. Se había debilitado la sorpresa del descubrimiento, algo que también le puede ocurrir al lector si, de antemano, ha tomado contacto con algún comentario sobre el libro que se va a leer. Yo, si por mí fuera, hablaría incansablemente de mis libros, de mis proyectos, de mis fantasías; no me molesta hacerlo salvo por esa magia que se estropea, y que quiero proteger.

P.: En relación a lo mismo, ¿no es cierto que durante mucho tiempo usted buscó, a la manera de Salinger, ocultar su persona de la prensa y de sus lectores?

R.B.: Yo no soy un «Buscado» en mi país. Cada vez que la prensa se pregunta ¿qué fue de Richard Bach?, yo no tengo ningún problema en responder rápidamente el teléfono: «Aquí estoy». Lo que me ocurre en este viaje, sin embargo, primero en Brasil y ahora en la Argentina, es realmente sorprendente, porque poca gente en los Estados Unidos me conoce por mi nombre: el que es famoso es Juan Salvador Gaviota, no yo.

P.: Sin embargo, no hay más que buscar su nombre en Internet para encontrar varios sitios de fans, suyos y de Juan Salvador Gaviota.

R.B.: Sí, es verdad. Eso me alegra y enorgullece. Pero lo que no me agrada mucho es pasarme el tiempo en el pasado, ¿se entiende? Me encanta el contacto con mis lectores pero de otra manera, un contacto por el hoy, por lo que está ocurriendo ahora y no por lo que pasó antes.

P.: ¿De qué manera el vínculo con sus lectores influye sobre lo que escribe o piensa?

R.B.: De una manera importantísima. Al principio, la relación con los lectores sirvió para darme cuenta de que yo no era el único extraño en el mundo que tenía determinadas ideas sobre quiénes somos y hacia dónde vamos. Gracias a ese contacto, ahora sé que somos una familia enorme, aunque sus miembros no se conozcan entre sí ni lleguen a verse nunca. Pero sabemos que, al final, a todos se nos preguntará lo mismo, todos deberemos responder la misma pregunta: de qué forma expresaste el amor.



P.: ¿Pertenece usted o sigue los preceptos de alguna religión?

R.B.: No, ni a una religión ni a una filosofía organizada. Yo tengo las mías propias, desorganizadas. He aprendido mucho más de personas reales y concretas, con sus propias historias de vida, que en libros o religiones. La verdad está del lado de lo concreto y no de lo abstracto. El personaje de mi libro «Ilusiones», de algún modo, refleja todo esto. Es una persona que, a través de lo práctico, a veces caprichoso, a veces alegre, puede proporcionar las respuestas que estamos buscando.

P.: Usted es piloto y tiene una filosofía de vida que, en algunos aspectos, lo acerca a otro escritor que también volaba: Antoine de Saint-Exupéry, el autor de «El principito». ¿Se reconoce en él?

R.B.: Siento una enorme afinidad espiritual con él, y una de las cosas que me hacen muy feliz de este viaje a la Argentina es que iré a conocer su avión. He leído casi todas sus biografías y siento una enorme admiración por él. Creo, además, que el caso de Saint Exupéry es uno de los más paradigmáticos para comprender ese contacto, tan especial, que a veces se establece entre el ser humano y la máquina, concretamente un avión en su caso, y en el mío. Yo estoy convencido de que un avión es mucho más que acero, vidrio y tableros de control. Un viaje solitario, nocturno, un aterrizaje sereno en un campo, ante la luna, puede enseñarme muchas más cosas sobre la naturaleza humana, y sobre el fin que tenemos en este mundo, que ninguna otra cosa. Tal vez esto sea difícil de aceptar para quien no vuela, pero la comunión que se establece entre el aviador y la máquina es de índole espiritual. Ese contacto crea algo, sin duda, y además se establece siempre en el cielo. El cielo tiene un magnetismo irresistible. Desde chico yo supe que el cielo era mi verdadero hogar.

P.: Saint Exupéry odiaba el mundo de los «adultos». ¿Usted odia a alguien?

R.B.: Afortunadamente, todavía puedo reconocer un elefante dentro de una boa... Bueno, yo solamente le temo a todo aquello que nos disuada o nos haga renunciar a continuar con la tarea de seguir respondiéndonos las preguntas básicas de nuestra existencia, de nuestro fin en el mundo.

P.: ¿Cree usted en la reencarnación?

R. B.: Bueno, si la reencarnación se entiende como las varias vidas que puede vivir una misma persona en este planeta, a través de diferentes cuerpos, la idea me parece interesante pero muy limitada y pobre. A mí me atrae mucho más la idea de vidas ilimitadas, en éste o en otro planeta, como humanos y como no humanos, pero, lo que es más importante, no de manera consecutiva, algo inevitable en el concepto de reencarnación, sino simultánea. Esa misma concepción está expuesta en un libro apasionante, «Las diferentes formas de interpretar la mecánica cuántica», publicado por la Princeton University Press. Ese libro expone que cualquier forma posible de existencia, está presente ahora y aquí.

P.: Pero esa idea choca con el concepto de identidad. ¿Cómo podemos ser, al mismo tiempo, una persona y otra, o una persona y un objeto?

R.B.: Simplemente, según la focalización de nuestra conciencia. Para decirlo en términos simples, es como cuando entramos en un cine: dejamos atrás los ruidos, la calle, el amanecer y el anochecer, y nos concentramos sólo en lo que está ocurriendo en la pantalla, que es algo puramente ilusorio: imágenes fijas en movimiento, que crean la ilusión de la realidad. Si alguien nos dice, mientras estamos concentrados en el film, ¿no recuerdas lo de afuera? La gente, el sol, la calle, nos lleva un momento empezar a recordar porque estamos concentrados en otra cosa... Esa simple metáfora representa, para mí, lo mismo que suponer que estamos viviendo una única e indivisa vida en este mismo momento.


Entrevista de M.Z..-
Esta entrevista es una gentil colaboración de la querida amiga Romina Peter ¿Muchas gracias!
E.Hyde.-
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