lunes, febrero 13, 2006

Para la Historia de América...

Elisa Lynch (Continuación):

Ésa no fue la única decepción para Elisa. Si en Europa se habían mostrado juntos (él la acompañaba a misa en la catedral de Notre Dame, la llenó de joyas y la llevaba a todas partes), en su tierra López la enclaustró en una quinta a la que iba de tanto en tanto. Allí nació su segunda hija, Corina Adelaida, que murió al poco tiempo.
Pero la irlandesa era brava y pudo desquitarse parcialmente cuando murió López padre y Francisco Solano fue nombrado presidente a despecho de su hermano Benigno. Elisa se trasladó a la ciudad para estar más cerca de su amante (en rigor, nunca vivieron juntos) y comenzó a influir en la sociedad y en el gobierno.
En lo social, modificó las costumbres de Asunción e impuso las modas parisienses: llegaban revistas, vinos, telas y perfumes franceses; en los salones se comenzó a hablar de literatura y a jugar al ajedrez; se construyeron balnearios. En lo político, se manejó como una jefa de Estado extraoficial (entre otras cosas, tuvo que ver con la creación del primer hospital para mujeres) que atendía algunas demandas de la gente del pueblo.
Francisco Solano fue, además, nombrado mariscal. Pero él no tenía la visión política de su padre. De él había heredado la desconfianza política hacia sus vecinos, pero -admirador del Segundo Imperio francés que conoció en su viaje- estaba convencido de que había llegado el momento en que el Paraguay debía hacer oír su voz en América.
En ese sentido, también hay dos versiones con respecto a la influencia de Elisa: para unos trató de prolongar el compás de espera, al menos hasta recibir las armas y los barcos encargados a Francia. Para otros, su sueño de ser la emperatriz de un Napoléon americano empujó a López hacia lo inevitable. También se dijo que mandó asesinar a Panchita Garmendia, un amor juvenil de López a quien llamaban "la doncella del Paraguay".
Entre tanto, Elisa había dado a luz a Federico, Carlos, Leopoldo y Enrique.
La guerra
Los desaciertos diplomáticos de López, las ambiciones del Brasil y las mezquindades políticas de la Argentina y el Uruguay (enfrascados en sus guerras internas) derivaron en un ajedrez en el que las alianzas políticas cambiaban día a día.
Pero el propio López encendió la mecha que desató la guerra (originalmente contra Brasil) y desembocó en la firma del Tratado de la Triple Alianza, cuyos objetivos eran implacables: hacer desaparecer el gobierno de López, cobrarle al Paraguay los gastos de la guerra y (aunque se hablaba de respetar la integridad territorial del contrincante) hacerse con la mayor cantidad de territorio paraguayo posible (Nueva 210).Corría 1865. López partió al frente y Elisa (junto con Panchito, de diez años) pronto se reunió con él.
En el campo de batalla la llamaban "el coronel". Acompañó a López hasta las cercanías de Yataití-Corá (donde el mariscal se reunió infructuosamente con el general uruguayo Venancio Flores y el general Bartolomé Mitre), tuvo su séptimo hijo (Miguel, quien murió de cólera pocos días después) en medio de la batalla de Tuyutí y pasó su posparto atendiendo heridos.
A todo esto, mientras el cólera y la guerra hacían estragos, López veía resquebrajarse el frente interno: sus hermanos conspiraban contra él (ordenó ejecutarlos junto a los demás cabecillas) y se dice que su propia madre le envió unos chipás envenenados, pero no llegó a comerlos porque una de sus tantas hijas naturales alcanzó a avisarle a tiempo.
Entre combate y combate, Elisa y Francisco se desencontraron varias veces, y en una ocasión la irlandesa estuvo a punto de caer en manos enemigas, pero fue rescatada por el general Martin Mac Mahon, ministro plenipotenciario de los Estados Unidos, quien además era portador del testamento por el que López dejaba a Elisa todos sus bienes.

La tragedia de Cerro Corá

La ciudad de Asunción había caído en 1869 y se formó un gobierno provisional en reemplazo de López. A esa altura, los propios aliados (aunque finalmente se repartieron casi la mitad del territorio paraguayo) estaban horrorizados de su propia victoria: habían muerto 90 por ciento de los varones, y en total casi las tres cuartas partes de la población. El país nunca pudo recuperarse de esa sangría.
Casi sin seguidores, el mariscal (y con él Elisa y Panchito, por entonces de quince años) siguió combatiendo hasta el fin. Y el fin llegó a principios de 1870, en Cerro Corá. Elisa vio morir a sus seres queridos: Francisco, alcanzado por lanzazos y balazos; Panchito, por defenderla a ella.
Apenas alcanzó a cortar a cada uno un mechón de pelo que guardó en un relicario y a cavar con sus manos la fosa para enterrarlos. Fue tomada prisionera, despojada de sus bienes -a pedido de las damas paraguayas- y expulsada.Más traicionesFinalmente, Elisa partió a Europa con sus niños. No le quedaban más de quince años de vida, pero todavía le faltaba sufrir la muerte de otro hijo, Leopoldo, y la traición de casi todas las personas en quienes confiaba para recuperar sus posesiones.
Los únicos respaldos que tuvo provinieron de su fiel amiga Eduvigis Strafford y del general Mac Mahon (quien le devolvió el dinero que Elisa le había dado, declaró a su favor ante los estrados y puso a su disposición al cónsul norteamericano en París, amigo suyo).
Tuvo una decepción más: regresó a Asunción -invitada por el presidente Juan Gill, quien se declaraba un leal servidor y aconsejaba su presencia para defender los intereses por los que luchaba- y se alojó en la casa de una amiga. Pero apenas se enteraron de su llegada, un grupo de patricias armó revuelo y pidió que la expulsaran. Gill les hizo caso.
Volvió a París, donde sobrevivía vendiendo las pocas cosas que le quedaban, y enfermó de cáncer. Murió a los cincuenta años en la miseria, con la sola compañía de Eduvigis y una hermana de ésta, de su hijo Federico, un médico y la portera del edificio donde vivía. Tenía en sus manos su único tesoro: el relicario con los cabellos de Francisco y Panchito. La que había sido casi una emperatriz tuvo el más modesto de los entierros en el cementerio de Montmartre.


© Nueva, 1998 ¡Muchas gracias!
E.Hyde.-
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